domingo, 11 de mayo de 2008

"Prosa Lenta" por Rosa María Arroyo



Comienzo y recomienzo. Y no avanzo.
Cuando llego a las letras fatales, la pluma retrocede: una prohibición implacable me cierra el paso. Ayer, investido de plenos poderes, escribía con fluidez sobre cualquier hoja disponible: un trozo de cielo, un muro…, un prado, otro cuerpo. Todo me servía: la escritura del viento, la de los pájaros, el agua, la piedra… Hoy lucho a solas con una palabra. La que me pertenece, a la que pertenezco: ¿cara o cruz, águila o sol?”

Octavio Paz



PROSA LENTA
(Dedicada al paciente ser que soporta mis desvaríos)




Comienzo

El día se viste de nuevo sin yo prepararle la ropa. Lleva un traje gris de otoño antiguo, buscando presumir de claridad primaveral, pero no creo que vaya a triunfar entre los otros. Como un niño hacia la madurez, se ha alejado de mi regazo para ser él mismo, con sus torpes andares sobre empalizadas de acero y cemento, siempre con la vista puesta en el horizonte altivo, lejano, nebuloso y casi irreal, al que intenta llegar elegantemente vestido, sin darse cuenta de mi soledad.

Recomienzo

Llueve. Llueve por los cuatro costados de la vida, mojándose la moneda que lanzo al aire, deseando que el día la coja al vuelo para no tener que mirarla cuando caiga en mi mano…, pero él ya tiene otras inquietudes, muy alejadas de este rincón plagado de imágenes disecadas y fantasmas hambrientos. Se cansó de mí y de mi desértica libreta, por eso hoy se vistió por su cuenta sin que yo le preparara la ropa.

Las letras fatales

Paro de golpe el pensamiento, ¿qué estoy haciendo? Él se va y no hago nada para que me diga algo antes de alcanzar esa irrealidad presente que yo sé real. Esta mañana, me puso la pluma entre los dedos mientras, distraído, se miraba en el espejo encharcado que se ve desde nuestra ventana, y después, satisfecho de encontrarse gustoso, me señaló el valiente gorrión que se atrevía a soltar su cháchara solitaria, dejándose ver aleteando sobre la rama chorreante de un árbol. Y no dijo nada, sólo me miró profundamente sin mover el dedo insinuador…
Todavía llueve.


La hoja disponible

Qué largas se deslizan las horas tratando de encontrar el pliego predispuesto: la nube, el ala, los ojos, la piel…, el tronco generoso al que aferrarme con la pluma que me dejó esta mañana el día en la mano. Esta luz cenicienta que se posa levemente sobre mi mesa, parece su dedo señalando mi propio horizonte, pero no sé, sólo pienso que fue él quien insistió en vestirse solo, sin yo prepararle la ropa, y que en medio de esta soledad, no encuentro la cuartilla donde iniciar la batalla.

¿cara o cruz, águila o sol?

La palabra

Un gorrión, -tal vez, el mismo que me señaló el día-, vuela de aquí para allá con el mismo esplendor y veteranía que el majestuoso rey del aire sobrevuela su terreno; y en el horizonte, que esta mañana parecía lejano, distante, irreal, mi compañero se entrega rodeado de un aura nueva, con la misma ropa que se vistió esta mañana y yo no preparé, un tanto presumido y muy feliz.
Al fin, cae sobre mi mano la moneda, pero ya no quiero mirar: una palabra me ha retado a ser pronunciada sobre papel.


Rosa M. Arroyo
Madrid, a 10 de mayo de 2008

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