Amaneció lloviendo. El aire silbaba en mi ventana con rabia mientras mi pereza hacía gala de esa hora temprana en la que no distingues si es niebla lo que oscurece tus ojos, o un sueño que no despierta.Me vestí con lentitud y desidia; hay personas en esta vida que te llegan a convencer de que hagas lo que hagas, nunca llegarás a ser luz en un día gris y yo, me lo creí. Así que, ¿para qué la prisa, la emoción de comenzar?
Fuera, el día intentaba clarear sin éxito. Parecía que la oscuridad en esa jornada sería eterna, y sólo permanecería con vida el viento que insistía en rugir, aunque no lograra encender la llama vital de mi existencia.
Sin embargo, el dispositivo interno programado, no encuentro mejor expresión para contar que mis actos aunque mi cabeza no funcione ni mi corazón sienta, hay algo que hace moverme, realizar los mismo gestos sin que sea consciente de ellos… Y, entonces, abrí la ventana, como cada día, y vi volar, volar muchas hojas ambarinas. Corrían con la prisa de llegar a su destino. ¿Cuál? El fin. Para ellas ya había terminado su plazo. Se estrellarían contra un parabrisas, yacerían en medio de una calzada. Otras, aún revolotearían un poco más por un parque desierto…, quién sabe.
Para mi esas hojas muertas fueron un chorro de agua viva en una mañana en que no deseaba amanecer, pero el otoño y su hechizo me hicieron caminar un día más de mi vida.
Texto: Mariángeles Cantalapiedra
Fotografía: Lola Bertrand










