sábado, 18 de octubre de 2008

¡ODIO EL OTOÑO! por Cati Cobas

Mi libro de lectura de Tercer Grado se llamaba Albricias y su autor era Gaspar L. Benavento. Nunca comprendí cómo alguien que le había puesto un título tan bonito a su libro había elegido como primera lectura la historia de una mujer que iba a morir cuando cayeran las hojas de los árboles. Para salvarla, su hija las ataba con lana, y así la mujer no moría. Se ve que en esa época no se pensaba tanto en los traumas sicológicos, pero les aseguro, amigos, que la frase: "Morirá cuando caigan las hojas" ha quedado grabada en mí, y creo que es una de las causas del enojo que me produce la llegada del otoño.
Todos encuentran belleza en esta estación del año. Hablan de sus colores, aromas y sabores como de algo casi mágico. Pero, por ahora, no puedo ser sabia y decir que es bello. Nunca me gustó el otoño. No le veo nada de bonito, romántico o poético. Van a tener que disculparme. Me cae pésimo. El viento, "lei motiv" otoñal por aquí, no me sienta. Me fastidia enormemente ver las hojas doradas que caen de cuanto árbol nos rodea. Tapan los albañales, y forman montañas de basura que la municipalidad no recoge. En mi tierra no se comen castañas, y como vivo en un departamento, el hogar de leña no existe. Sólo encendemos la estufa a gas, que no tiene nada de romántico, pero abulta considerablemente la cuenta de gastos a finde mes. No me gusta pensar que se avecina el frío, se van los pájaros y las flores menguan. En cuanto a la niebla: me parece un incordio abominable. Y el principal responsable de los accidentes de tránsito en las madrugadas porteñas. Si pudiera, ataría las hojas a los árboles para detener el verano, como la protagonista de mi cuento.
No me gusta el otoño. Cuando era chica significaba el fin de la holganza y el comienzo de las clases. El preanuncio de los sabañonesy la docena de abrigos que me hacían sentir un matambre* durante todo el invierno.Lo peor es que he descubierto que no se conforma con soplar y tapar los albañales. Es tan perverso, que se ha metido con la especie humana. Tanto en la vida de los varones, como en la nuestra, toma forma de mujer para que no lo reconozcamos. O por lo menos, eso creo, ya que los apelativos con los que se llama el otoño humano terminan con el sufijo griego "pausia" que significa corte, cesación. Ese es el otoño que más enojo me produce: parece que no sólo no piensa irse, sino que va dejando señales de que en unos años llegará un frío aún mayor, de que la vida tiene fecha de caducidad, igual que la leche y el yogurt. Una ya lo supo desde siempre, pero ahora las evidencias son más que palpables. La piel se arruga, los dientes se estropean, el sostén y la faja no se dan abasto para levantar todo lo que cae, imitando a las hojas amarillas, la niebla de la presbicia se instala en los ojos, y lo peor, cada tanto, aparece en el cerebro que comienza a ver la vida más gris, en vez de recuperar el sol de la primavera y el verano. Y para recordarnos el verano que ya pasó, la muy cretina nos deja los sofocos. ¡No hay derecho!
Y una se llena de preguntas sin respuesta y las dirige hacia el otoño, como si él fuera el responsable del paso inexorable del tiempo vital: ¿No podría haberse prolongado un poco la época de la siembra? ¿Por qué tan rápido llegar a la cosecha y preanunciar la siega?El otoño no responde por sí mismo, pero la vida sí lo hace.Porque mientras allá en el hemisferio Norte este "amigo" está por visitarlos, aquí Buenos Aires rebosa de golondrinas y azaleas.Y, mal que me pese, comprendo que debo aceptar que hay un tiempo para todo, y que la vida se renueva en un ciclo que continuará mucho más allá del momento en que caigan mis hojas.
Cati Cobas

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