viernes, 17 de octubre de 2008

VIEJOS AL SOL por Mariángeles Cantalapiedra



Hoy ha hecho una tarde muy hermosa; el otoño nos viene regado de sorpresas: días de tormenta que encienden el cielo hasta echar chispas por sus cráteres celestes.
Otros, son días de lluvia fina que calan nuestra alma hasta empaparla de nostalgia.
Y días, como el de hoy, en que los colores dan sus últimos suspiros. Tardes de un sol tierno y forajido que hacen de las hojas glaucas y ambarinas que penden sobre los árboles, el refugio idóneo para el trino de un pájaro locuaz.

Los ancianos, cuyo tiempo es casi ya eterno, pasean mirándose a sí mismos, disfrutando de este membrillo que, quizá, sea el último.
Me gusta observar a los hombres viejos en estas tardes de otoño.
Son niños expuestos a un rayo que no pica, que acaricia sus kilómetros de arrugas y que les hace salir al mundo a pasear sus silencios, a contemplar la hojarasca del solsticio ajeno, las soledades de otros, y comprobar que no están solos bajo la tempestad de la vejez que va marchitando la memoria, la sangre, los huesos…

Sí, me gusta ver a estos ochentones al sol, en un otoño templado, de tardes cortas y mañanas frías. Me hacen pensar en la sabiduría de sus ojos mientras la niebla cae sobre ellos y cómo subsisten a pesar de sentirse árboles caídos cuyas hojas, en otoño, se vuelven ocres, aceitunas y bermejas.


MªÁngeles Cantalapiedra

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