Uno de los problemas mayores de ese otoño fue que se le caía el cabello. Al igual que las hojas de los árboles, sus cabellos primero amarilleaban y después sucumbían en jirones ocres. No hubo un solo médico que pudiera comprender lo que le sucedía y ella decidió ocultarse, aislarse en su casa avergonzada de ver su piel oscureciendo en corteza áspera.
Hizo apenas a tiempo para llegar a una maceta cuando los pies comenzaron a echarle raíces. Al fin y al cabo está contenta, al menos ahora florece en primavera.
Andrea Zurlo

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